lunes, 20 de octubre de 2014

LA PAZ EN EL ALMA DE "UN BERENAR A GINEBRA"

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            A estas alturas de la película, ponderar las cualidades de un director como Ventura Pons o de una actriz como Vicky Peña es una inmensa obviedad. Profundizar, en cambio, en el conocimiento de Mercè Rodoreda, gracias a la acción conjunta de los recién mencionados actriz y director es un placer muy especial para el espíritu.

            Resulta muy curioso e irónico que en Un berenar a Ginebra Mercè insista en su poco aprecio para el teatro y en su mayor pasión por el cine, y ello en base a un argumento tan simple como irrebatible: en el cine los caballos son reales. Pero digo que resulta muy curiosa e irónica esa opinión, porque a lo que asistimos en la película de Pons es una creación de marcada textura teatral, montada casi como un monólogo: el de la escritora catalana, que en 1973 invitó una tarde a merendar en su apartamento al editor y crítico Castellet y a su mujer, Isabel. Estas dos personas intercambian miradas de complicidad entre ellos ante las reflexiones en voz alta de Mercè e intervienen en contadísimas ocasiones para manifestar sorpresa o para dirigir la charla en alguna determinada dirección. Doce fueron los días en que se rodó esta película, pero en su butaca del cine, el espectador tiene la impresión de estar ante la grabación en directo de una pieza escénica.

            Y Mercé habla de su vida, conocemos detalles de ella, sobre todo las dos guerras que padeció: la civil española y la mundial. Hasta tal punto es certera su narración, por boca de Vicky Peña, que yo he tenido una imagen mucho más nítida de los horrores de las guerras que en muchísimas películas del género bélico: no se necesita ni una sola explosión, ni un solo disparo para comprender esas atrocidades.

            Por otro lado, nos hallamos en un momento de la vida de la escritora que no se ha recuperado aún de la pérdida de su gran amor, Obiols, acaecida dos años antes. Lo que le permite manifestar que “El amor me daba asco”. Además, los dolores en su brazo derecho y su desengaño general ante la vida, provocan este otro comentario: “La literatura me daba asco”. Por esos motivos, ha tomado la decisión de retirarse a una vida solitaria y dejar de escribir: lo primero lo acometería, lo segundo, no, puesto que empezó a escribir Espejo roto en 1974.

            Pues bien, a pesar de los sufrimientos de las dos guerras que Mercè conoció directamente; a pesar de sus poco ilusionantes opiniones sobre el amor y la literatura; a pesar de lo dura que fue su vida en general (no olvidemos, por ejemplo, que Obiols tenía su esposa legítima en Barcelona), lo que la película de Ventura Pons transmite es la imagen de una persona que no guarda rencor a nadie, que se ha reconciliado con el mundo, que ya ha padecido lo que tenía que padecer, y que ha decidido una vida serena.

            En esta película asistimos a una especie de autobiografía monólogada de la propia escritora, pero asistimos sobre todo a una visión de la vida, a una actitud ante la vida cuando Mercè Rodoreda tenía ya sesenta y cinco. Y de ese manifiesto vital, me quedo con el esperanzador regustillo de la paz espiritual que Un berenar a Ginebra transmite. Una paz que tanto precisaba la autora catalana, y que puede concentrarse en la siguiente frase, cuya autoría le corresponde: “Vivir mal humaniza”; a lo que me atrevería a apostillar de mi propio cuño, siempre y cuando tu alma esté a la altura de esa humanidad. Ésa fue la grandeza de Mercé Rodoreda.


Francisco Javier Rodríguez Barranco


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