martes, 2 de mayo de 2023

NUEVAS TENDENCIAS EN EL CINE AFRICANO

 



Festival de Tarifa-Tánger, 2 de mayo de 2023

               La tarde de hoy ha traído a la sección Hipermetropía del FCAT, es decir, la sección oficial de largometrajes y documentales a concurso, dos magníficas muestras de los nuevos horizontes que está alcanzado el cine africano, lo cual no es algo que hay empezado en estos momentos, pero sí una tendencia que se va consolidando y, con ello, situando al cine de nuestro continente vecino en el lugar que le corresponde, es decir, uno más de la cuadrilla entre las casi infinitas posibilidades que permiten las diferentes cinematografías en todo el mundo, superando de esa manera los clichés que lo han situado tradicionalmente como algo exótico y naif. Creo que ya va siendo hora de que al cine africano le quitemos el adjetivo geográfico y empecemos a valorarlo por lo que es, es decir, una explosión de creatividad tan solo lastrada por la falta de presupuesto y los problemas políticos y sociales, que estos sí que son males endémicos en África.

               La primera de las películas de hoy ha sido la ruandesa Father’s Day (2022), de Kivu Ruhorahoza, que ha pasado por la Berlinale, y la primera, tristísima, pero primera pregunta que surge es: ¿cómo se celebra el Día del Padre en un país como Ruanda donde no hay padres, pues todos ellos fueron exterminado durante el genocidio de los años noventa? Afortunadamente, se trata de una exageración manifiesta, porque sí quedan padres en este país de los Grandes Lagos. Ahora, bien, ¿en qué condiciones han quedado dichos padres sobrevivientes, en particular, y las familias, en general? Pues para contestar a esta pregunta ha rodado Ruhorahoza, cuyo anterior largometraje, Grey Matter (2011), obtuvo la Mención Especial del Jurado en el festival de Tribeca, cuando este director no había cumplido aún los treinta años.


              En cuanto a Father’s Day, el espectador se ve sorprendido por la ausencia casi total de diálogos durante los primeros compases del largometraje. Poquito a poco se va entrando en la película y comprendemos que se trata de tres historias cruzadas con el denominador común de la guerra. Al final, el espectador comprende guardan una cierta conexión directa entre sí, sin que eso sea demasiado relevante, pues lo que verdaderamente importa es el diseño de historias que realmente ocurren en el interior de las personas: se habla muy poco de la guerra, no se ve ni una sola escena de guerra, pero las secuelas afectivas en la población ruandesa son innegables para trazar perfiles humanos de violencia, pena o decepción todo ello en un contexto familiar que justifica el título.

 


              Así, por ejemplo, aunque la historia transcurre cuando todavía la pandemia por covid no ha concluido y, por lo tanto, es habitual ver a los personajes con mascarillas, la protagonista de una de esas tres historias afirma, cito de memoria: “El covid tan solo ha destruido lo que ya era frágil”.

               La guerra, pues, continúa en el interior de las personas, al menos, las secuelas morales de la guerra como el verdadero problema al que se enfrenta la sociedad ruandesa de nuestros días, y lo que Ruhorahoza consigue es que las cámaras penetren en el alma de personas, lo cual es algo que recuerda a ese portentoso observador de la pena que fue Fassbinder y que hoy también podemos perseguir en la filmografía de Haneke, por citar solo dos ejemplos ilustres.

               Es por ello que en numerosas ocasiones los silencios se ven aureolados por los ruidos ambientales de la ciudad o de la naturaleza, un recurso mediante el cual este director ruandés facilita la introspección y el espectador puede contemplar las almas desnudas de los personajes, que es la verdadera intención de Ruhorahoza en esta cinta.


               La segunda película de la tarde ha sido la tunecina Ashkal (2022), de Youssef Chebbi, que comienza con una sucesión de textos en pantalla donde se informa que la urbanización Jardines de Cartago era un ambicioso proyecto de construcción de viviendas para dignatarios en Túnez, que se vio interrumpida con el comienzo de la así denominada Primavera Árabe, cuando, en diciembre de 2010, el vendedor ambulante Mohamed Bouazizi se inmoló por fuego tras un abuso policial en la ciudad de Sidi Bouzid, lo cual, a la postre desembocaría en la dimisión de Ben Ali.

 


              Pues bien, tras esa información inicial, la película en sentido estricto, arranca con lo que tiene todo el aspecto de un caso policial, pues en los despojos de esa urbanización inconclusa se halla el cadáver calcinado de uno de sus vigilantes. Pero ya está, porque no tardamos en comprender que ese entramado criminológico trasciende a cuestiones que alcanzan a la sociedad tunecina, en general.

               Podemos hablar así del peso de la religión y, por ello, vemos al comisario rezando en la mezquita, algo que, desde luego, es muy difícil de imaginar en Pepe Carvalho, por ejemplo, ni siquiera en el interior de la Sagrada Familia de Barcelona, por no hablar de toda esa legión de policías, guardias civiles y detectives privados con los que se han familiarizado los aficionados al cine o a la novela negra.

               De hecho, la investigación policial en sí es bastante básica y se limita a poco más que observar la escena del crimen e interrogar superficialmente a posibles testigos circunstanciales.

 


              Para mayor abundamiento, siguen apareciendo cadáveres calcinados y el terrorismo asciende a posible causa de los crímenes, aunque ningún grupo reivindica nada.

Así, no tardamos en comprender que estamos asistiendo a otras cosas, como la soledad de los personajes o el lento recorrer de la cámara en numerosas ocasiones de los inconclusos edificios, con sus vigas de hormigón armado donde los hierros asoman impotentes, desubicados, estériles, en la parte superior, todo lo cual transmite una imagen de inmensa desolación.

Asistimos también al inicio de las sesiones de la Comisión de la Verdad y la Dignidad en Túnez para conocer las violaciones de derechos humanos durante la dictadura posterior a la revolución de 2011 en ese país, de tal modo que los investigadores del crimen, es decir, la policía, se convierten en los investigados de la Comisión. Además, el análisis forense determina que en ningún caso existen contusiones o marcas de resistencia a morir por fuego de los inmolados, por lo que diríase que se han quemado voluntariamente.

¿Y a qué apunta todo esto? Pues a que toda la investigación policial no es nada más que un entramado simbólico para mostrar el desaliento de la sociedad tunecina, materializado en el pavoroso abandono de la construcción de los Jardines de Cartago, ante una situación de injusticia social, acerca de cuya superación han perdido toda esperanza los habitantes de este país ribereño del Mediterráneo y ante la cual no cabe otra salida que la inmolación, exactamente igual que hiciera Bouazizi el 17 de diciembre de 2010.


Por ello, no llegamos a saber la identidad del asesino, si es que se puede culpar a una persona en concreto y no a todo el sistema y la policía también es seducida para inmolarse, un planteamiento totalmente novedoso dentro de los cánones de la novela y el cine negro, que hace de este filme de Chebbi una pieza innovadora en la cinematografía mundial.

Y si para la película de Ruhorahoza señalábamos que los sonidos ambientales marcan la pauta de la penetración anímica, en el de Chebbi, las escenas se acompañan de una desasosegante música clásica de nuestros días para acentuar la desesperación nacional en que se inscribe este filme.


Francisco Javier Rodríguez Barranco





LA MUJER EN EL FESTIVAL DE CINE AFRICANO DE TARIFA-TÁNGER

 



1 de mayo de 2023

               La tarde de hoy ha traído dos películas que coinciden en varios puntos: pertenecen ambas a la sección que conmemora el vigésimo aniversario del FCAT “Es al final de la vieja cuerda que se teje la nueva”, de la que ya hemos hablado en algún artículo anterior; a pesar de haber sido dirigidas por hombres, se centran en la problemática de la mujer; en ambas subyace la lacra de la prostitución como telón de fondo; y las dos fueron rodadas el mismo año, concretamente, 2012. Se diferencian, eso sí, en los países de producción, pues la primera en proyectarse ha sido la guineana Morbayassa, de Cheick Fantamady Camara, tristemente fallecido en Francia a la edad de 56 años, y la segunda, la mozambiqueña Virgem Margarida, de Licínio Azevedo.

 


              Así pues, nos situamos ya en Morbayassa y observamos dos cosas que ya pudimos apreciar en su anterior filme Il va pleuvoir sur Conakry, ‘lloverá sobre Conakry’, (2007). La primera es que las escenas se alargan de un modo al que el espectador o, al menos, el espectador que redacta estas líneas, no está acostumbrado, dado que Camara ofrece mucha información ellas. Es algo parecido al inicio de las obras de teatros convencionales cuando los actores dicen cosas que no son necesario decir en la vida real, pero que sirven para poner al espectador en contexto. Nadie que esté hablando con un amigo, dice, por ejemplo, “Hoy quince de septiembre de 1834 en Londres”, pero es una información que viene muy bien a quienes están sentados en las butacas, y una cosa así se observa en las escenas de Morbayassa, sobre todo en la primera mitad del filme. La segunda característica que me parece observar en esta cinta del director guineano que estamos considerando es que existe una cierta desconexión de las escenas entre sí, en el sentido que no hay nada al final de una escena que permita inferir lo que va a suceder en la siguiente. Y estas dos características que acabamos de mencionar no hacen ni mejor ni peor la filmografía de Cheick Fantamady Camara, sino que se trata tan solo de unas señas de identidad perfectamente respetables.

               El argumento de Morbayassa describe las vicisitudes de una sensual mujer guineana obligada a prostituirse en Dakar, lo cual incide directamente en una de las principales lacras sociales del continente situado en el sur de Europa: el tráfico humano. Corrupción y extorsiones, ante la inoperancia de la ONU, son otras de las dinámicas degradantes denunciadas nítidamente en este filme. Y poco a poco vamos sabiendo que esta mujer tuvo una hija a los diecisiete años, que es la edad de su hija en ese momento, a quien abandonó en la puerta de un dispensario al nacer y fue adoptada por una familia francesa que vive en París.

               Por ello, media película, más o menos, transcurre en Dakar y la otra en París, lo que significa una tristemente sarcástica evocación de famoso rally. Y es muy curioso que la principal protagonista, soberbiamente interpretada por Fatoumata Diawara, se hace llamar mediante un nombre europeo en África, concretamente, Bella, y por un nombre africano, que es el suyo verdadero, en Europa, concretamente, Koumba.

               Resulta obvio que la mujer es el eje de este largometraje, pero hay en él toda una reflexión acerca de la difícil, por no decir imposible, comprensión mutua entre las culturas africana y europea. Hay una frase, por ejemplo, bastante cristalina, cuando el padre adoptivo de Vanessa, la hija de Bella/Koumba, que es un enamorado de África, pero rechaza la idea de que su hija regrese con la madre biológica, afirma para justificar su actitud, cito de memoria: “Una cosa es África y otra, los africanos”. Un comentario en pantalla que provocó la carcajada del público en la sala.

               Señalar por último que morbayassa es el baile mediante el que Bella/Koumba piensa agradecer el regreso de su hija, si lo consigue.


               La segunda película de la tarde fue Virgem Margarida, de 2012, según hemos comentado más arriba, y de Licínio Azevedo, director brasileño afincado en Mozambique, producida por Pedro Pimenta, que fue el encargado de presentar esta película de su elección en el FCAT.

De alguna manera, Virgem Margarida constituye junto con A costa dos murmurios, ‘la costa de los susurros’ (2004), de Margarida Cardoso, el binomio por excelencia de películas inspiradas por la independencia de Mozambique, si bien en este caso, quizá por tratarse de una producción portuguesa, se basa en los epígonos de la colonia, mientras que Virgem Margarida se desarrolla durante el primer año de vida del país independiente.

Nos situamos, pues, en Virgem Margarida, y ya desde el comienzo se nos informa que está basada en hechos reales acaecidos en Mozambique en 1975. Debemos recordar, por lo tanto, que, sin entrar en los pormenores de la guerra civil que se desencadenó en ese momento, la independencia de Mozambique colocó en el poder a Samora Moises Machella, del Frente de Liberación Mozambiqueño (Frelimo), sustentado por la Unión Soviética y Cuba, por lo que cabe inferir una fuerte orientación dialéctica de la cosa pública, y es que, ¡qué difícil resulta a los países africanos caminar por sí mismos! Cuando no les salen mentores de un tipo, le aparecen de otro.


En ese contexto, las autoridades mozambiqueñas decidieron reeducar a lo que ellas denominaron con eufemismo colectivista, “camaradas de mala vida”, es decir, las putas de la capital, y para ello organizaron redadas nocturnas para arrestar prostitutas, cantantes, bailarinas y, ya de paso, a toda aquella mujer que se hallara indocumentada en las calles de Maputo, como le sucede a Margarida, que da nombre al filme, que es una adolescente virgen de dieciséis años, que habita en un medio rural, prometida en matrimonio a su hijo y que había a la capital para comprar el ajuar.

 


El caso es que esas mujeres son literalmente secuestradas, ignorando por completo sus circunstancias personales, y son metidas en camiones y autobuses para, tras un viaje de varios días, llegar a la selva donde, digamos, se ha constituido un Centro de Reeducación, al mando de la comandante, fuertemente ideologizada a pesar de su juventud, Maria Joao. En ese viaje se ven carteles en la carretera que indican el paso por Xai-Xai o el río Save.

La idea última el limpiar las mentes de basura reaccionaria de esas mujeres, lo cual implica necesariamente, un lavado de cerebro, para convertirlas en mujeres nuevas, sin un miligramo de neuronas reaccionarias o colonialistas.

La película, entonces, más que construir una trama en sí, nos va mostrando, las diferentes fases de esa reeducación, como levantar una, digamos, ciudad en medio de la selva, construir una carretera en idéntico contexto, además de recibir instrucción militar y todo tipo de sandeces por el estilo. Sometidas a todo tipo de privaciones alimentarias o higiénicas: algo tan sencillo como poseer una pastilla jabón hace merecedora a una de estas mujeres de pasar un día entero con su noche metida en un bidón de agua hasta el cuello.


Efectivamente, eso sucedió en la vida real en Mozambique en 1975, y mucho peor fue lo de Camboya también por aquella época, donde los jemeres rojos de Pol Pot despoblaron las ciudades para construir una especie de utopía rural, un proceso durante el cual exterminaron a una cuarta parte de la población en tan solo tres años, dado que los meros hechos de tener marcas de gafas en la parte superior de la nariz o las manos sin callos, te convertían en intelectual y, por ello, reo de muerte, tras someterte a varios meses de atroces tormentos.

En cuanto a la cinta que nos ocupa, constituye Virgem Margarida un largometraje coral femenino, donde destacan cuatro de ellas, la ya mencionada Margarida, así como Susana, Lucía y Rosa, que se considera a sí misma una puta de tercera y es la más levantisca de todas, lo que le vale, entre otros, el sin duda pedagógico castigo de ser enterrada hasta el cuello. Otro castigo colectivo consiste en atarlas en aspa al suelo y obligarlas a mirar al sol, perfectamente uniformadas, eso sí.

De manera que, la mujer en África, concretamente en Guinea Conakry y en Mozambique, como botones de muestra del tormento social a que son sometidas las personas del sexo femenino en el continente vecino.

Francisco Javier Rodríguez Barranco


lunes, 1 de mayo de 2023

LA VOZ DE ÁFRICA EN EL FESTICAL DE CINE AFRICANO DE TARIFA-TÁNGER

 



30 de abril de 2023

               La tarde se ha iniciado con la película burkinesa, aunque rodada cuando Burkina Faso era todavía Alto Volta, Wênd Kûuni (1982), de Gaston Kaboré, que obtuvo diez Premios César, entre ellos, el de Mejor película francófona, y que dentro del FCAT se ha incluido en la sección “Es al final de la vieja cuerda que se teje la nueva”, que es una manera que tiene este festival de cine de celebrar su vigésimo aniversario: ha pedido a cinco cineastas españoles y cinco cineastas africanos que elijan un filme clásico y otro de nuestros años más próximos, puesto que el lema que da nombre a esta sección retrospectiva es un proverbio de África Occidental que viene a significar algo así como la conservación de la memoria colectiva de generación en generación, de tal modo que las innovaciones sociales, culturales o de cualquier tipo que se produzcan en nuestro continente vecino no olvide cuáles son sus orígenes o, al menos, sus antecedentes más inmediatos.

              Y eso es precisamente lo que plantea Kaboré en este filme: recuperar la identidad del continente y las raíces africanas, pervertidas por la llegada del hombre blanco y alguna que otra cultura foránea, como las religiones monoteístas, de las que luego hablaremos, y la omnipresencia china de nuestros días, a la que también dedicaremos unas líneas en este artículo.

               Para ello este director que hoy es burkinés vertebra su largometraje sobre un niño mudo al que le ponen el nombre de Wênd Kûuni, pero que está aureolado de valor alegórico, pues representa a las jóvenes repúblicas africanas, jovencísimas en 1982, que han perdido la voz por el feroz colonialismo europeo y la pésima descolonización posterior. De hecho, para Kaboré, la voz es un don divino, que es exactamente el subtítulo de este filme: El don divino.

               A partir de ahí, la película se desarrolla en un poblado, cuyo modo de vida se ajusta a los cánones más tradicionales, por lo que no disponemos de ninguna referencia externa para saber en qué período histórico de África nos hallamos: es la vida en África tal cual, atemporal, según pretende defender el director de este filme.

               Para mayor abundamiento, la estructura de esta cinta se ajusta a los preceptos básicos del cine africano en sus orígenes, según los cuales, los directores deben ser como los griots, es decir, narradores de historias, en las comunidades rurales. Incluso en ocasiones una voz en off  ofrece información al espectador.

 


              Las familias, por lo tanto, viven en cabañas y hay una diferencias sexual de las tareas, según la cual las mujeres y niñas se encargan de todo lo que tenga que ver con el hogar, e incluso en circunstancias extremas tienes que padecer acusaciones de brujería, mientras que los hombres y niños se dedican a las labores externas de la casa, como la venta en el mercado, la caza o el pastoreo, y nadie discute el poder del brujo: no se trata, por lo tanto, de un modelo social igualitario, pero sí una manera de empezar a reconocerse a sí mismos los africanos y, a partir de ahí, avanzar en libertad hacia situaciones más justas.

               Y Wênd, quien, como ya hemos dicho es una alegoría de África, por la manera sorpresiva en que es encontrado en medio del campo, es considerado el niño del destino y de él se afirma que su destino es muy raro, lo que tampoco me parece demasiado distante de la realidad de África poscolonial. 

              Por fin, el niño habla y entonces el espectador comprende, porque así se muestra en escena, que Wênd nació con voz, pero la perdió ante el hecho traumático de la muerte de su madre, tras haber perdido recientemente a su padre, y la recupera ante otro hecho traumático: un señor ya bastante madurito, aunque no propiamente anciano, mata a su rebelde mujer y luego se ahorca, siendo así que es Wênd quien lo descubre colgando de un árbol.

               El valor simbólico de la pérdida de la voz es bastante evidente: la madre es una alegoría de las tradiciones y el niño se queda sin voz cuando ella muere. ¿Y la recuperación de la palabra? Bueno, pues probablemente quede a juicio del espectador la interpretación de ese hecho, dado que no es mucho lo que este filme desvela al respecto; así que me voy a aventurar a facilitar la mía: si la falta del don divino de la voz es una alegoría de todo aquello de lo que se ha privado a África, este continente volverá a ser África después de mucho dolor y mucha muerte.

               La segunda película de la tarde, dentro también de la sección “Es al final de la vieja cuerda que se teje la nueva”, ha sido Bamako (2006), de Abderrahmane Sissako, uno de los principales cineastas africanos de todos los tiempos, nacido mauritano, nacionalizado maliense, quien en 2015 sería nominado al Oscar a la Mejor película en habla no inglesa por Timbuktu.

 


              En cuanto a Bamako, que ya estuvo en el FCAT de 2007, constituye un poderoso alegato de denuncia contra el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el G8 e instituciones similares, que han perdido totalmente el norte del espíritu por el que fueron fundados y, en vez de ayudar a los países más desfavorecidos, se han convertidos en los más decididos instrumentos opresores del África, favoreciendo el neocolonialismo, la neoesclavitud y, en definitiva, la pérdida de soberanía de las neorepúblicas de nuestro continente vecino.

               ¿Cómo logran esas instituciones, en general, y el Banco Mundial, en particular, que es contra quien principalmente se dirigen las invectivas de este filme, tan siniestros objetivos? Pues mediante dos vías a cual más pavorosa: primero, mediante la descomunal deuda exterior, que se autoalimenta y no para de aumentar, por lo que el Producto Interior Bruto africano se dedica exclusivamente a ese concepto, sin que la población de este continente tenga acceso a nada; y, segundo, mediante la privatización de servicios públicos básicos, como el ferrocarril, la educación o la sanidad, lo cual provoca que piezas que esenciales para cualquier sociedad queden en manos extranjeras y, con ello el analfabetismo de dos tercios de la población africana, una descomunal mortalidad infantil, etcétera. 


              ¿Cuáles son las principales lacras, además de las recién mencionadas, del continente que propicia el Banco Mundial? Pues, el empobrecimiento estructural de la población, la emigración, incluso a través del desierto del Sahara sin comida ni bebida, la destrucción de los valores tradicionales y, por supuesto, la corrupción, acerca de la cual se realiza un curioso razonamiento: si existen corruptos es porque hay corruptores, que, lógicamente, han de ser muy ricos, pero el dinero no está en el sur, sino en el norte, es decir, en Europa y Estados Unidos, como queríamos demostrar.

               Destaca mucho la puesta en escena de este filme, pues Sissako diseña una especie de tribunal, con abogados defensores del Banco Mundial, entre los que destaca un letrado francés, pero cuenta con un importante equipo de togados africanos, y acusación particular, entre la que destaca otro abogado francés, así como una letrada africana. Durante las diferentes sesiones se van llamando a testigos, que son personas que han sufrido alguna de las miserias arriba descritas: emigración, pobreza, privatización de las infraestructuras, corrupción, carencias sanitarias, etcétera. En determinado momento, se levanta un anciano de aspecto menesteroso cantando a estilo tradicional para no sufrir en silencio, para que se escuche la voz de la tradición.

               Otro matiz que permea durante toda la película es el de las religiones monoteístas, principalmente el islam y el cristianismo, venidas de fuera, pero arraigadas con fuerza en África y que, desde luego, no ayudan demasiado a resolver la situación. 


              Para mayor abundamiento, quizá para que el tribunal sepa bien lo que está juzgando, la sala no se sitúa en una corte de justicia, digamos, estándar, sino en el patio de una comunidad tercermundista de vecinos, con todo lo que eso implica de gallinas correteando a sus anchas, cabras atadas a la pared, suelo de tierra, casas de adobe, en una de las cuales pena sin esperanza un enfermo, ropa tendida, bebés poco menos que abandonados a su suerte, etcétera. Y legajos, montañas de legajos por todos lados, incluido por el suelo, pero que más que documentos con virtualidad jurídica parecen formar parte del atrezo del tribunal, pues da la impresión de que se distribuyen al buen tuntún. Todo lo cual tiene un toque esperpéntico, aunque, por desgracia, trágicamente esperpéntico.

               Muy significativo es el caso de Melé, interpretada por Aïssa Maiga, que obtuvo el Premio César a la Mejor actriz. Melé es una joven que canta en un bar y de vez en cuando se ve obligada a bailar con algún parroquiano, y su camerino es la misma sala donde los jueces y magistrados cuelgan sus togas tras las sesiones. Melé canta y llora simultáneamente. Delante del tribunal se dirige hacia su trabajo embutida en un vestido muy sensual y delante del tribunal se hace atar por detrás las cintas del vestido.


               Sissako se permite también el sarcasmo de intercalar el fragmento de un Western, con todas las convenciones del género, al que titula Death in Timbuktu, ‘muerte en Timbuktú’, como prueba de que hay cosas inequívocamente americanas: la invasión y la destrucción de otras culturas que no lo son afines, o incluso aunque le sean afines.

               ¿Y el veredicto? ¿Es condenado finalmente el Banco Mundial? Me van a permitir que conteste con otra pregunta: ¿alguien conoce alguna condena en firme o alguna exigencia de reparación contra el Banco Mundial?

               El caso es que la película se inicia con Chaka, interpretado por Tiécoura Traoré caminando por unas calles miserables, donde encuentra un perro moribundo de color negro, y finaliza con el suicidio de Chaka, que de esa manera vendría a simbolizar la falta de esperanzas del continente africano.

               La tercera película de la tarde, en esta ocasión dentro de “Hipermetropía”, es decir, la sección oficial a concurso del FCAT, ha sido Nossa Senhora da Loja do Chinês (2022), ‘Nuestra Señora de la tienda de los chinos’, del director angoleño Ery Cláver, que forma parte del colectivo Geração 80, quienes intentan desarrollar el cine en esta antigua colonia portuguesa contra viento y marea.


          Nossa Senhora es una película tremendamente vanguardista y experimental, lo cual demuestra cuán claros tienen los conceptos los miembros de Geração 80 y cómo van abriendo camino, pues no llegan a diez los largometrajes rodados en Angola durante toda su historia independiente y no pueden, por lo tanto, apoyarse en una tradición previa, sino que son ellos quienes van abriendo camino.

               Los primeros planos de Cláudia Púcuta, en el papel de Domingas, son soberbios por el enorme talento de esta actriz, concentrado en su mirada, pero sobre todo destacaría cómo las imágenes se van mezclando sin seguir un orden coherente para mostrarnos diferentes aspectos de la sociedad luandesa, como la megalomanía de los poderosos hasta sobrepasar con creces lo ridículo, los abusos sexuales, la pobreza, la santería atávica, la milagrería cristiana y, desde luego, la omnipresencia china en este país africano: en toda África, en general. Así, por ejemplo, estructurado el largometraje en tres capítulos y un prólogo, se coloca este después del segundo capítulo y no donde le correspondería con arreglo a la preceptiva académica.

                Y muy reseñable resulta la voz en off en chino que narra con gran intensidad lírica unas escenas tomadas de la realidad más real, así como el protagonismo del agua y su presencia durante casi todo el filme, pues es este el elemento asociado milenariamente a la melancolía y su descenso a las regiones más profundas de la pena humana. 


                    Sin embargo, el desenlace no vendrá por el agua, sino por el fuego y de ese modo, la virgen que venden los chinos cambiará su rostro de blanco a negro, que es un color más propio del continente africano.


               En charla posterior a la proyección del filme, Cláver desveló que en Angola, modos de vida propiamente angoleños hay apenas un veinte por ciento, correspondiendo el ochenta por ciento restante al pasado colonial o al presente chino, con su paciente expansión por el planeta de manera similar a cómo el agua horada la piedra.

               Una tarde, en definitiva, dedicada a reclamar la voz africana, amenazada desde muy diferentes puntos de vista, según hemos comentado en este capítulo.


Francisco Javier Rodríguez Barranco