miércoles, 10 de abril de 2019

LA LÍRICA SOCIAL EN 'ELOCUENCIA DE SILENCIOS'



Elocuencia de silencios
Autor: Francisco Muñoz Soler
Año de publicación: 2019
Editorial Caligrama
126 páginas


            Cuando Gabriel Celaya epopeyizaba la ejecución del Ché Guevara en «Soldadito boliviano», es obvio que no acompañó a quien argentino y cubano en su lecho de muerte. Algo así podría decirse de Ernesto Cardenal en su «Oración por Marilyn Monroe» cuando recuerda a «la huerfanita/ violada a los 9 años/y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar». No cabe discusión acerca de que este poema posee un alto carácter elegíaco, pero tampoco renuncia a la puyitas contra el imperialismo yanqui:

El templo -de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.

                Son autores que no han vivido los hechos que denuncian. Muy significativo es el caso de Pablo Neruda, que para nada padeció en carne propia lo que plasma, en el Canto general o la Residencia en la tierra y que además supo conjugar como nadie una voz libertaria con una vida aristocrática: tres hermosísimas casas poseía en Chile el vate de Isla Negra, lo que no está nada mal para un comunista que no cree en la propiedad privada.

            De alguna manera hay una cierto tono de cantar de gesta en ese tipo de poetas. Si recordamos la división de la Historia de la Literatura que fragmentó Valle-Inclán, el primer estadio consistiría en aquel en que el poeta se pone de rodillas ante su héroe y loa sus hazañas. El héroe de la poesía social arriba esbozada sería el proletariado, bastante evidente en Viento del pueblo, de Miguel Hernández:

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.

                Miguel Hernández sí padeció lo que denunciaba, pero está claro que su tono no es lírico. Dentro de la partición canónica de los géneros literarios en lírica, épica y dramática, lo suyo sería la épica.

            Es por ello que llama la atención un poemario como Elocuencia de silencios, de Francisco Muñoz Soler, donde el poeta proyecta su yo lírico en la circunstancia social que conoce, como en el poema «Mujer mara»:

                        Tengo fija en mi mente su mirada, con un odio que rasga la vida.
                        La muerte esculpida en su
                        joven rostro.


            Francisco Muñoz recorre algunos de los lugares más inseguros del planeta y dirige hacia ellos sus ojos compasivos, su voluntad solidaria, su deseo de cambio. Nuestro poeta sí conoce en primera persona las injusticias sociales que denuncia, pero no empaña su voz lírica. Es el planto de un hombre ante la miseria circundante y es la fusión empática con los más desfavorecidos, lo que dota a sus versos de sinceridad y hondura facilitando que actualicemos en nuestras mentes de lectores las escenas más dolorosas, porque el poeta se convierte aquí en uno más de los miserables que glosa. Si recordamos una vez la división valleinclanesca, nos hallaríamos en el siguiente estadio, es decir, el de los escritores que ya no están de rodillas, sino que miran directamente a los ojos de sus personajes. El autor ahora está de pie y se enfrenta directamente a unos hechos cuyos actores también están de pie. Cara a cara.



            Publicado en edición bilingüe español-inglés, nos hallamos en Elocuencia de silencios con un poemario dividido en cinco partes, de las que la primera es «Una forma de ser y estar en el mundo», donde Muñoz borra la frontera entre vida y poesía. Poesía para la vida. Poesía por la vida. Aspiración al conocimiento de la esencia humana como miembro de ella:

                                   A VECES LOS POETAS,
                                   desde sus incertidumbres
                                   tienen la tentación de comprender
                                   la condición humana

            Belleza y humanismo reclama nuestro poeta a su actividad creativa y desde luego que es algo a lo que no renuncia en sus versos: calor humano dignificado por las emanaciones del alma.

            «En la lucha por la dignidad no hay derrotas», como un manifiesto irrenunciable, es la segunda parte de la obra que nos ocupa. Apelación, pues, a la dignidad individual, aquella que nos impulsa a ser quienes somos, sin más límites que nuestras propias fronteras individuales. Los silencios que más y más fuerte hablan, como en el caso de «La mujer de Lot», quien se convirtió en estatua de sal:

                                   por defender sus sueños
                                   un minúsculo eterno,
                                   porque será su vivencia,
                                   y eso ni dios ni la muerte
                                   se lo podrán arrebatar.

            Pulsión humana por encima de cualquier otra consideración, con todo lo que eso implica, aunque eso signifique desafiar a lo más alto de la corte celestial.

            Si es que, además, nos pongamos como nos pongamos, la dignidad es lo más nuestro. Un patrimonio irrenunciable, porque las tumbas de quienes murieron en olor de dignidad se alzarán siempre hirsutas en sus arrogantes silencios.

            «Una tierra donde las auroras arrojan canciones mudas» constituye el cuerpo central de Elocuencia de silencios y es al que pertenece el poema «Mujer mara», cuyos versos iniciales citamos más arriba. Es aquí donde comprobamos que, aunque la vida depende de la marca del reloj que llevas, la pasión lírica iluminará nuestro porvenir: al fin y al cabo «los pueblos deben afrontar el futuro/ haciendo la paz consigo mismos» (versos finales de «Enfrentarse al espanto y la vergüenza»). El poeta es uno más ante los dolientes y gime con ellos concediendo a su silencio un valor trascendental.

            Llegamos así a «Mi ánima tiene el molde de su luz», penúltima sección del libro que nos ocupa, y ahora el poeta se erige en el eje de su universo particular, un mundo donde los deseos imposibles se mezclan con la nostalgia de aquellas interminables tardes de verano que abarcaban toda la eternidad imaginable, también la Navidad como el final de un otoño donde la caducidad se pavonea obscena. Pero ello es así porque «Mi alma tiene el molde/del horizonte de sus auroras». El poeta, pues, como la medida de todas las cosas.

           Cierra el poemario «Sentir cada día como un regalo», puesto que es aquí donde Muñoz adquiere conciencia de su propia fragilidad, no en vano ha conocido el espanto de una cruel enfermedad, por eso decide vivir cada día como si fuera el último, según el credo de Vinicius de Moraes, inmortalizado por Maria Creuza en «Tomara»: «la cosa más divina que hay en el mundo es vivir cada segundo como nunca más». Ésa es la actitud de Muñoz: una canto de esperanza desde sus «experiencias en el otro espacio» para urdir «un conjunto divino». Todo ello incluso bajo la conciencia de la propia caducidad:


                                   ligero la ruta del silencio camino
                                   hacia el espacio sin tiempo.

            No hay angustia en esta poesía ni, por supuesto, rencor de esa inmensa canallada a la que denominamos tiempo, sino aceptación serena de la propia fugacidad y acumulación de recuerdos como los mejores puntales de una vida necesaria. Paz en el alma.

            Intensidad lírica, por lo tanto, traspasada por la coyuntura social más acuciante. Un alma lírica, por lo tanto, la de Francisco Muñoz Soler que apela a la solidaridad de todas las almas.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

lunes, 18 de marzo de 2019

PERFILES HUMANOS EN 'LOLA OPORTO'



            Durante la presentación de Lola Oporto (Málaga, Ediciones del Genal, 2018), de José Antonio Sau, alguien preguntó al autor que cómo se le había ocurrido ambientar la novela en Málaga, con la idea implícita de que nuestra ciudad no reúne la épica necesaria que se le supone a otras ciudades iconos del género negro, como Nueva York, Los Ángeles, Madrid o Barcelona. Y lo primero que cabe objetar a esa inquietud del preguntante es que, por desgracia, Málaga y provincia ocupan últimamente demasiado espacio en la crónica de sucesos nacionales. Pero sobre todo subyace la idea de la poca valoración de los malagueños hacia su ciudad, una urbe en la que en un radio de cien metros cabe ubicar cinco culturas: la fenicia (depósitos de garum en la calle Alcazabilla), la romana (Teatro Romano en la misma calle), la musulmana (Alcazaba), la judía (entorno del Museo Picasso) y la cristiana (catedral en calle Císter). Podríamos incluso añadir una sexta: la bizantina, pues en tiempos de Justinano, Málaga fue la capital de la provincia Bética.

           De verdad que muchas veces uno se pregunta qué imagen tienen los malagueños de Málaga y desde luego que las autoridades municipales hacen muy poco por recuperar el patrimonio histórico de la ciudad, pues, por ejemplo, en la archidegradada plaza de Mitjana  se situó en su día y durante muchas décadas la academia de don Narciso Díaz-Escovar. El ayuntamiento ha abandonado el centro histórico de Málaga a su suerte y así nos va.

            El sol, con ser el gran aliado de la ciudad, es también su mayor enemigo, pues, como los árboles situados delante del bosque, nos impide profundizar en el enorme calado cultural de la Ciudad del Paraíso. ¿Cuántos malagueños conocen las figuras de José Moreno Villa o Ángeles Rubio-Argüelles? En cuanto a esta última remito al documentado trabajo de Rosa Mª Palomo Tobío Ángeles Rubio-Argüelles: perfil humano y artístico. Baste tan sólo decir que figuras tan conocidas como Sender, Fiorella Faltoyano, María Barranco, Tito Valverde o el mismísimo Antonio Banderas echaron los dientes en la escena gracias al mecenazgo de Ángeles Rubio-Argüelles y su Teatro ARA.


         Perdida entre grandes convulsiones (Navidad, Semana Santa y Feria, principalmente) llegó tarde a la explosión turística, pero cuando por fin le alcanzó la onda expansiva, las maletas con ruedines sustituyeron a los cantes de verdiales. Necesitaríamos un estudio sociológico en condiciones para comprender cómo una ciudad de barrio se ha convertido en esta saturnalia que devora a sus habitantes. Sin embargo, créanme ustedes, en Málaga hay mimbres más que de sobra para hacer muy buenos cestos.

            La ciudad, pues, como uno de los principales protagonistas de Lola Oporto, pero vamos a los de carne y hueso, porque cuando en la culta y refinada Argentina de la primera mitad del siglo XX la intelectualidad porteña se inclinaba por lo francés, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares apostaron decididamente por lo británico y reivindicaron nombres como H. G. Wells, Chesterton, Agatha Christie o Thomas de Quincey. Por ello, Borges y Bioy alumbraron una colección de novelas policiales a la que denominaron El Séptimo Círculo, en recuerdo del círculo de los violentos en la Divina Comedia, de Dante.

            Aquello sirvió para dignificar el género, pero como recuerda Bioy: "En El Séptimo Círculo publicamos excelentes novelas acaso condenadas al olvido por pertenecer al género policial. Un género de mucha venta, pero no siempre bien mirado por la gente seria"[1]

           Aunque ambos literatos argentinos declararon su preferencia por la escuela británica de novela negra sobre la americana (entiéndase USA), pues consideraban a la primera más sutil, más intelectual, donde resolver un caso es un desafío a la inteligencia, mientras que al otro lado del Atlántico se prefiere la sangre, el alcohol, las drogas y el sexo. En tal sentido, Borges y Bioy apostaban por una novela negra que desarrolle perfiles conceptuales, homicidios algebraicos.

            Sin embargo, nadie puede negar que la escuela americana (entiéndase USA) delinea perfiles humanos.

            En cierta ocasión leí (lamento no precisar más la cita) que los buenos en las novelas de Chandler o Hammett son malos que se han aburrido de serlo. Hay un alto componente existencial en esa narrativa que los autores argentinos arriba mencionados no supieron o no quisieron ver, lo que llama especialmente la atención en un caso como el de Borges, que fue un pesimista irredento (Bioy era mucho más optimista y lo fue hasta el último momento de su vida, que le llegó en la total penuria): ya se ve que el amor conceptual de Jorge Luis era superior a su pena vital.

            Pues bien, ése es exactamente el contexto en que se mueve la novela que ahora nos ocupa, cuyos personajes principales se mueven en dos coordenadas psicológicas de manual: Lola Oporto es la obsesiva compulsiva, Emilio Lupiáñez, el maníaco depresivo. Llama también la atención el periodista Gerardo, un pelín hijo de puta, aquí entre nosotros, cuya figura se va redimiendo según progresa la narración, pero con una tarjeta de presentación manifiestamente mejorable.

            Veamos algunas citas, por orden de aparición:

Es otro capullo más [afirma Gerardo de Emilio], reventado pro una vida que presagiaba un fracaso desde el principio (p. 127).

Luego [Lola] pensó en el fracaso y se preguntó si era posible levantarse una y otra vez tras ser noqueado (p. 140).

[referido a Emilio] fue tomando cuerpo en su mente una deforme idea remota sobre la culpa (p. 209).

[referido a Lola] las rumiaciones venían acompañadas de una tremenda tristeza que casi le quitaba las ganas de vivir (p. 222).

Siendo así que rumiar es lo primero que nos quitan los psicólogos cuando acudimos a una terapia. Según los discípulos de Sigmund, el pensamiento debe servir para llegar a conclusiones y no para estar batiendo siempre las mismas penas. Digamos que rumiar es a la autoestima lo que fumar para los pulmones.

Y la culpa. Culpa, culpa. Un enorme sentimiento de culpa transpira en las páginas de esta novela, cuando la culpa es una de las principales zonas erróneas, según el conocido texto de Dyer. La culpa judeocristiana con la que venimos al mundo y la culpa que vamos acumulando en cada uno de nuestros actos.

Pues bien, eso es lo que interesa a Sau en Lola Oporto, donde las verdaderas investigaciones son las que tienen lugar en la mente de los protagonistas. Asistimos así al descenso al infierno mental del asesino y al análisis de su posición en el mundo de la detective, con trauma paterno incluido para mayor regocijo de los devotos de la escuela conductista de psicología.

            Por supuesto que hay un sustrato policial debajo de todo esto. ¿Alguien conoce alguna novela policial sin que haya alguna investigación de uno u otro tipo? Pero no permitamos que, como los árboles contra el bosque o el sol contra Málaga, lo policial nos impida ver el verdadero alcance de este libro que aspira a sumergirse en lo más ponzoñoso del alma humana: el desprecio por uno mismo y el sentimiento autodestructivo.

            ¿Que quién es el asesino? No querrán ustedes que haga un spoiler, ¿verdad? Pero les voy a dar una pista: tan sólo tienen que ir a la primera línea de la novela para saberlo. Ya les adelanté que lo importante en esta obra es trazar el perfil humano de los protagonistas: dos seres que se buscan mutuamente: el maníaco depresivo y el obsesivo compulsivo. Crónica de un asesinato anunciado.

Fco. Javier Rodríguez Barranco


     [1] A. Bioy Casares, Memorias. Infancia, adolescencia, y cómo se hace un escritor, Barcelona, Tusquets, 1999, p. 107.

domingo, 13 de enero de 2019

PÓQUER DE AÑOS



      Cuatro años ya, así como suena. El 13 de enero, martes, contradiciendo el determinismo supersticioso más arraigado, Ediciones Azimut se dio de alta en Hacienda, por lo que podemos considerar ésa como su fecha de nacimiento. Cuatro años, insisto, desafiando a la lógica comercial de nuestros días, que aconseje cualquier cosa menos vender libros, sirviendo a la Dama Cultura.

            Durante ese tiempo hemos intentado desarrollar proyectos por los que merecía la pena apostar, dando voz a quienes lo tienen muy difícil para publicar, pero también profundizando en otros que ya poseían un nombre, todo ello en aras de cimentar un proyecto ilusionante, con la insatisfacción propia de un Sísifo que nunca consigue llevar su piedra a la cumbre, porque en el mundo de la creatividad, afortunadamente, nunca se habrá dicho la última palabra.

Y cuatro años también esforzándonos, con nuestras limitaciones y nuestros errores, que los ha habido y muchos, por dar a los autores un trato digno. Sí, también existen editores honestos. En nuestro ánimo ha estado y sigue estando el deseo de aprender y hacerlo en cada libro un poco mejor.

Por voluntad propia o simplemente por la dinámica característica de esta actividad, la figura del editor se sitúa en el centro de la vorágine, pues todo pasa por él: autores, maquedadores, ilustradores, impresores, distribuidores, libreros, relaciones con la prensa, redes sociales, etcétera, se relacionan con el editor y entre todos dan forma a esa cosa tan bella que denominamos literatura. Es decisión de cada editor el situar su labor dentro de unas determinadas coordenadas y evitar otras.

En lo que a Ediciones Azimut se refiere nos cabe la enorme satisfacción y orgullo de creer en todas las obras que hemos acometido y ésa es una de las señas de identidad de los sellos independientes, que no nos podemos permitir mediocridades. Cada uno de nuestros libros debe aportar algo.

En tal sentido, cuatro colecciones iniciaron el proyecto: “5 y acción” para libros de cine; “Kandis”, para textos en que los viajes constituyeran parte esencial; “Harén” para el erotismo; y “Medusa” para libros excepcionales que no cupieran en los temas anteriores.

A esas cuatro colecciones iniciales se añadió “Candelabro” para conceder al humor, tan denostado secularmente y tan perseguido en nuestros días, el lugar que le corresponde en la creación literaria. Pero no nos quedamos ahí y a punto está de añadirse una nueva colección.

Algo está bastante claro, y es que nada de esto habría sido posible sin la fidelidad de los lectores, a quienes les estamos infinitamente agradecidos

Éstos han sido los últimos títulos publicados:

COLECCIÓN “5 Y ACCIÓN”:

Siete salas

SINOPSIS: Según dice el Génesis, Dios en el séptimo descansó, pero a media tarde se aburría y por eso creó el cine para los domingos. No queremos ser irrespetuosos, pero sí destacar la trascendencia del séptimo arte en todo el mundo. Por eso, proponemos en este libro un multicine de siete salas, cuya cartelera se compone de cortometrajes, docuficción y relatos ambientados en el  contexto de la imagen en movimiento. Se ha procurado, en definitiva, trenzar las trayectorias creativas de dos manifestaciones artísticas, la literatura y el cine, que con tanta frecuencia se reclaman mutuamente.



COLECCIÓN “HARÉN”:

Vuelta y vuelta
Varios autores malagueños
(pincha aquí para ver el booktrailer)

SINOPSIS: Ofrecemos a la benevolencia del lector una serie de relatos que no se articulan necesariamente alrededor del sexo, pero donde esa cosilla de la que carecen los ángeles ocupa un lugar fundamental. Pedí a los autores que se agrupan en esta antología que escribieran como ellos saben hacerlo, con la calidad que les caracteriza, pero que el sexo gozara en sus narraciones del protagonismo que les corresponde. Por ello, nos encontraremos en este libro con relatos donde el sexo es una pulsión de vida; otros en los que constituye un renacimiento de las ganas de vivir; el erotismo como fantasía salpicada de humor no es ajeno a estas páginas, bajo el amparo en ocasiones de textos icónicos o destellos de la cultura pop contemporánea; hallaremos el erotismo como documento de nuestros días; asistiremos a las relaciones físicas con otras personas para mantener encendido el amor a nuestra pareja; e incluso las interacciones mutuas de Eros y Tánatos: sí, alguna concesión hay que hacer a don Sigmund.

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COLECCIÓN “CANDELABRO”:

Trifulcas y peloteras
Enrique Gallud Jardiel
(pincha aquí para ver el booktrailer)



SINOPSIS: ¡Sálvese quien pueda! Podría haberse elegido ese título, porque lo que este libro ofrece es la imagen de algunos grandes nombres de la Literatura, como Quevedo o Valle-Inclán, que fueron capaces de lo mejor y de lo peor. Veamos, por ejemplo, la empatía de Quevedo hacia Góngora:

Yo te untaré mis versos con tocino
porque no me los muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;
apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin christus la cartilla;
hecho carnero en Córdoba y Sevilla,
y bufón en la Corte a lo divino.
¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?
No escribas versos más, por vida mía;
que aun aquesto de escribas se te pega,
pues tienes de sayón la rebeldía.

¿No se lo habíamos dicho?

El lector, por tanto, se encontrará en este libro con parodias eruditas, poemas y micropiezas teatrales de escritores y no escritores, todo ello con una exposición ingeniosa y ágil. Y es que Enrique Gallud Jardiel, fiel a su estilo humano y cómico, divulga entreteniendo, según preceptuaron los clásicos; puesto que también es fiel a la concepción del mundo de Gallud que el humor es el mejor antídoto contra todas las broncas: al fin y al cabo, nadie es capaz de pelearse en el clímax de una carcajada.

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COLECCIÓN “MEDUSA”:

Nunca he sido la musa de nadie
Francisco Javier Rodríguez Barranco
(pincha aquí para ver el booktrailer)

SINOPSIS: Aporofobia, creo que ésa es la idea central que vertebra las acciones en el presente libro. Con otras palabras, el odio a los mendigos, quizá porque nos recuerdan de manera cotidiana que no nos hallamos en el mejor mundo de todos los posibles. Nos encontramos así con una sucesión de indigentes, en ocasiones con delirios paranoides, uno de los cuales, Miguel Ejido, aparece muerto en circunstancias extrañas. Los otros dos protagonistas son Ciriaco Medina, un conductor de autobuses prejubilado, aficionado a las cuestiones detectivescas y desubicado de su entorno vital, y Mercedes, una camarera, Licenciada en Filología, que a sus cincuenta y algo años nunca ha sido la musa de nadie. Por lo tanto, hay una muerte que investigar, pero no se trata de una novela policial al uso, sino que las insatisfacciones personales y el inframundo social tejen el entramado en que discurren los episodios de esta obra. Pero disponemos aún de otro protagonista: la propia ciudad y su laberinto de calles, pues, según ha destacado Lola Clavero en el prólogo, uno se siente expulsado cuando empieza a comprender los enigmas urbanos.



La Vía Láctea
Francisco Javier Rodríguez Barranco

SINOPSIS: La función del narrador no consiste en narrar, sino en crear. De ahí que una buena prosa es algo más que un rosario de penas contadas con pulcritud, porque la tristeza por sí misma no es sinónimo de calidad literaria. Hace falta algo más.
La realidad, efectivamente, es el punto de partida; el escritor debe nutrirse de la realidad, nunca defenderé una estética retirada en torres de marfil que reniegue de la condición humana. Sin embargo, no podemos quedarnos en la mera narración de acciones, que puede ser interesante, incluso memorable, porque el arte requiere reelaborar la realidad por infinidad de procedimientos creativos, el más sencillo de los cuales puede que sea alterando las asociaciones habituales de significante y significado. Un coqueteo descarado con el absurdo.
Fiel a lo anterior, La Vía Láctea se configura en una serie de relatos de muy diferente extensión, incluso hiperbreves, que pretenden mostrar al lector otro modo de hacer literatura.

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Póquer de años, por lo tanto, lo que hemos transitado hasta ahora. ¿Nos atrevemos con el repóquer? Atrevámonos con el repóquer. ¿Y más allá? Y más allá, claro que sí. Y además habrá alguna sorpresa en los próximos meses. Algo hemos adelantado ya con la sugerencia de una nueva colección, pero no vamos a desvelar nada más, porque si no, vaya birria de sorpresa.



lunes, 7 de mayo de 2018

RESEÑA de EL HORROR ES MÍO (CUENTOS DE HUMOR Y PAVOR), de LOLA CLAVERO



Editorial Alhulia
Colección Crisálida, número 209
Año de edición: 2017
288 páginas
PVP: 14 euros

                Uno se adentra en las páginas de este libro, no sin las precauciones básicas que todo libro de terror requiere, pero entonces descubre que el horror anunciado en el título se refiere a algo mucho más sutil. Que nadie busque en esta obra criaturas antediluvianas o apariciones fantasmagóricas, que a mí, la verdad siempre me han inspirado una enorme ternura. No va por ahí la cosa, desde luego, puesto que lo que Lola Clavero nos ofrece en esta obra es un horror mucho más sutil. Es el horror nuestro de cada día. Es el espanto que descubrimos en las personas con las que nos cruzamos cada día, ateridas de inquietudes y soledad.

               De alguna manera el pavor que Lola retrata en esta antología de relatos se relaciona que el milenario horror vacui, que es un concepto acuñado para referirse a la angustia del pintor ante el lienzo vacío, lo cual puede aplicarse al estremecimiento del escritor ante la página por empezar y, por supuesto, al horror cotidiano que preside la vida en nuestros días. Es la desesperación ante el vacío existencial que preside las sociedades modernas. Algo que ya anticipó Edvard Munch en su célebre cuadro El grito, finalizado en 1893 y que ya anticipa todo el desarraigo vital que ha acompañado a la vida del ser humando durante todo el siglo XX, jalonado por espantosas guerras, deshumanizado en el arte, como ya desarrolló Ortega y Gasset, y que es extrapolable a nuestros días. El hombre solo ante su circunstancia, si utilizamos otro símil orteguiano, desvalido en un mundo que ha perdido sus raíces. Fantasmas del agobio.

                Por ello, los personajes que traza Lola en El horror es mío son como espectros devorados por sus propios espectros. Hay un pasaje en el relato “La segunda muerte de Federico”, que me parece tremendamente esclarecedor. Se especula en ese cuento sobre la posibilidad de que Federico García Lorca fuera llevado a Uruguay, donde permanecería escondido hasta que muriera por “segunda” y definitiva vez en 1953. Pues bien, durante su encierro tan solo recibe la visita de Dominguito, un niño que le lleva la comida y algo de conversación. Reflexiona así el chaval ante la imagen de Lorca: “Lo recuerdo con esa morenez ya empalidecida por el encierro, donde destacaban sus ojos que habían crecido en profundidad, y el batín de cuadros de eterno convaleciente del exilio que ya formaba parte de ese modo de estar y no estar en el mundo”. Pues bien, esa característica comparten todos los personajes de este libro de Lola: están y no están en el mundo, son como ectoplasmas de carne y hueso, hologramas que ocupan un espacio a su pesar.
                Así, en la misma página de la cita anterior, pocas líneas más abajo, Federico habla de sus compañeros de generación con estas palabras: “Ahora solo son sombras como yo que envejecen de tristeza en cualquier lugar del mundo”. Personas sombras, arcanos de una humanidad ya desaparecida.
          
      Y es que, si nos fijamos en los perfiles humanos que dibuja Lola en esta obra, comprobamos que no son ejemplos desmesurados o extravagantes, sino humanoides con los que nos cruzamos todos los días en la calle. ¿Quién no ha tenido una mala experiencia en las maratonianas celebraciones de la Nochevieja, según se relata en “Resaca de Fin de Año”? ¿Quién no ha mantenido una relación tensa con su madre, que constituye el tema de “Visita a mamá en el Día de Difuntos”? En este caso, sobre todo las chicas: los niños nos conformamos con el complejo de Edipo. Y así podríamos seguir. Pero Lola sabe insuflar a nuestros vecinos de cada día de una dimensión literaria.

                Lola mira a sus “criaturas” cara a cara. No describe la exégesis de ninguna, pues no se siente inferior a ellas. Pero tampoco se ceba en desmontarlas bajo el bisturí de lo grotesco. De hecho, si recordamos la célebre estructura tripartita de la historia de la literatura según Valle-Inclán, Lola se sitúa en el plano medio, cuando el autor se identifica con sus personajes y se disuelve en ellos.

               Lola no es una recién llegada a la literatura. Lola transpira creatividad, que le viene de su profunda formación académica y de su propio hacer literario, como columnista de periódico y como narradora infantil y para adultos. Lola lee a los contemporáneos, pero Lola ha leído a los clásicos, que ya es muchísimo más de lo que se puede afirmar de todo este aluvión de, digamos, escritores que nos anega en nuestros días.

                Por ello, cuando Lola estructura El horror es mío lo hace en seis bloques que hunden sus raíces en lo más granado de la cultura occidental durante milenios. Observamos así una serie de relatos bajo la advocación de la literatura, es decir, la fama y su persecución, que ya señalaron Platón y Jorge Manrique, por ejemplo, como antídotos de la caducidad. Vienen luego cuentos sobre el paso del tiempo, uno de los grandes tópicos universales. Continúan los viajes en los que siempre hay un cierto componente de utopía, el lugar al que nunca se llegará, pequeñas utopías de un fin de semana o poderosos anhelos de utopías personales. Siguen luego siete cuentos sobre el amor, donde creo apreciar un cierto influjo de Italo Calvino y sus Amores difíciles, si bien Lola ha manifestado que se acercarían más a Los amores ridículos, de Milan Kundera. La muerte constituye el eje del quinto bloque. Y, por fin, compuesto por un solo relato, pero uno de los mejores para mi gusto, concretamente “Un revés de la Fortuna”, cierra la antología el bloque dedicado a la fortuna, una angustia tan ancestral como la lectura del vuelo de las aves: el hado, el fatum.
  
              De manera que hemos mencionado la fama, el paso del tiempo, la utopía, el amor, la muerte y la fortuna como el prisma de seis caras en que se inscribe este libro de Lola Clavero y si eso es así, no es por casualidad: es porque Lola, ya lo hemos adelantado, respira literatura.

                Lola goza de un estilo personal y único perfectamente reconocible entre quienes hemos disfrutado ya de otros libros suyos. Y ese estilo se articula sobre tres ejes como las patas de un banco que nunca cojea: el afán literario, del que ya hemos tratado, la ironía y el cúmulo de sugerencias que jalonan sus páginas, cada uno de los cuales daría para un debate por sí mismo.
                Y si hemos tratado de la voluntad creativa de Lola, enumeremos ahora alguna de las sugerencias recién mencionadas, salpimentadas por la ironía en no pocas ocasiones:

Tanto los psicólogos como los pedagogos suelen ser muy tozudos y no admiten nunca su fracaso.

Resulta paradójico que todos los que estamos relacionados con el mundo de la lectura leamos tan poco.

Éramos como una familia bien avenida como hay pocas. La verdad que casi ninguna.

El amor es un ritual en el que nunca se trata tanto de ganar como de saber perder a favor del otro.

En los viajes te olvidas de las cosas, te las dejas porque, en el fondo, quieres desprenderte de ellas. De esas cosas que pertenecen a la persona que dejaste en casa y ya no eres tú.

Dos mujeres que huyen de la realidad, de sus treinta y seis años, de sí mismas y se buscan diferentes en otro contexto, como si pudieran diluir su identidad en el anonimato que garantiza un país extranjero.

¿por qué en el interior de cada humano habrá siempre un sótano lleno de cadáveres?

Aunque fuese un bohemio, le podía el natural de su ascendencia italiana. O sea, era un hippie, pero un hippie machista.

Nuestro deseo era igual, pero en ti era virtud y en mí pecado.

Dicen que lo peor que le puede ocurrir a una persona cuando tiene un sueño es que se cumpla y es cierto.

Las relaciones amorosas son un laberinto de sentimientos fallidos.

El deseo es el camino más corto para encandilar a un hombre, pero el más difícil cuando se busca un afecto sincero o verdadero.

Siento verdadera debilidad por los suicidios acuáticos.

Las alegrías extremas como las tristezas desgarradas me parecen un desorden terrible de las emociones. Solo me siento feliz en la más apacible tranquilidad, en la rutina.

La tranquilidad es el mejor de los estados, más que la alegría que desequilibra y da mucha ansiedad.

El éxito es una experiencia tan agotadora como el fracaso.

La felicidad es la falta de deseo.

Las cuatro últimas sugerencias, nada más lejos del verdadero concepto de la vida de Lola, de ahí la ironía, proceden de “Un revés de la Fortuna”, un cuento del que ya mencioné que nos brinda muchas opciones, y cuando se habla de que el deseo para uno es virtud y para otra pecado asistimos a un contraste, por desgracia aún vigente entre la doble vara de medir las pulsiones sexuales de hombres y mujeres. Tampoco quiero evitar la ocasión de manifestar mi discrepancia personal con la idea de que el anonimato que permiten los viajes diluye la personalidad, pues más bien creo que dicho anonimato en un contexto extraño favorece que mostremos nuestra identidad sin máscaras, pero esto no es más que una opinión personal: ya dije que cada sugerencia de Lola se presta a un debate profundo.



En definitiva, nos hallamos ante un libro que rezuma literatura, donde el talento de Lola Clavero ilumina sucesivamente, como si de un foco escénico se tratara, esas sombras viscosas que componen el devenir humano de nuestros días. Con ironía, pero también con infinita ternura, Lola permite a cada espectro brillar durante unas pocas páginas, concediéndole un instante de protagonismo sobre los demás fantasmas.

Francisco Javier Rodríguez Barranco