lunes, 20 de octubre de 2014

CRÓNICA DE LAS RELACIONES ANAILÓGICAS EN "DÍAS DE VINILO"

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http://www.filmaffinity.com/es/film345069.html










            Los CD,s castran la música dice Woody Allen en una de sus películas, Y todo lo demás, si no recuerdo mal, y ése parece ser el mensaje central de la película argentina Días de vinilo, de Gabriel Nesci, una película en la que, al igual que suele suceder en los largometrajes del cineasta norteamericano, las referencias culturales son constantes: muy evidente la de la música, sobre todo en su vertiente pop, y en esto se distancia Nesci de Allen, pero también el cine, puesto que el eje de la narración es un guionista incomprendido y desbaratado por Leonardo Sbaraglia, que hace tres deliciosas parodias de sí mismo. La literatura también tiene su espacio en la persona del guionista, así como del gran amor de su vida, crítica literaria. Tampoco carece la película argentina de las referencias a Ana Karenina, así como Madame Bovary. De manera que, las tres patas de este banco son la música, el cine y la literatura, si bien no todas con el mismo peso específico, pero ya se sabe que mesa con tres patas nunca cojea. Con todo, me resulta muy curioso que, si bien como decía antes, la música pop es la gran protagonista de esta película coral, y las menciones a Pink Floyd, Elton Jhon, Eric Clapton, los Rolling Stones, pero sobre todo los Beatles son constantes, la banda sonora del filme de Nasci no se construye sobre estas bandas o cantantes: que nadie espere una sucesión de canciones como la de El graduado (1967), o con mucha mayor contundencia American Graffiti (1973), de George Lucas, o Good Morning, Vietnam (1987), de Barry Levinson, aunque uno de los protagonistas de Días de vinilo, Luciano, también lleva un programa de música en la radio. Incluso aunque uno de los protagonsitas, Marcelo, hace más de veinte años que lidera una banda tributo a los Beatles, los Hitles, cuyo último concierto, además, se sugiere que tendrá lugar en una terraza, exactamente igual que sucedió con la banda de Liverpool cuando se subieron a la terraza de los estudios de grabación en Abbey Road para despedirse con “Let it be”. En Días de vinilo apenas escuchamos los compases iniciales de las canciones del grupo inglés.
 
             Sí que otro de los protagonistas, Facundo, me ha recordado al de Andy Garcia en Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (1995), de Gary Felder, pero más por el contexto (el humor negro de las bombas fúnebres) que por la historia en sí: en la película de Felder se graban mensajes individualizados en vídeo de los moribundos, mientras que Facundo, en la de Nesci, graba spots audiovisuales genéricos, cuya música es compuesta por el propio Facundo.
 
            Si regresamos a las comedias de Woody Allen, la sordera del DJ en la película argentina ha de recordarnos necesariamente la ceguera del director de cine en la norteamericana. Así como la carrera final del guionista en pos de su amor, que se parece notablemente a la de Woody al final de Manhattan. Las relaciones cruzadas entre los personajes, los desacuerdos y acuerdos de las parejas creo que también apuntan en esa dirección. Por ello, todas esas referencias al hermano grande del norte, así como el tono general de la película de Nesci me animan a pensar en un cambio de foco de la comedia argentina que habría evolucionado desde el argentinistmo galopante de Nueve reinas (2000), de Fabián Bielinsky a los guiños hollywoodienses de Días de radio, siendo así que el actor protagonista en ambos es el mismo: Gastón Pauls. La propia caricatura del actor de fama que hace Leonardo Sbaraglia también apunta en ese sentido, puesto que todos los actores a los que quiere emular proceden de la órbita de los estudios californianos.

             Con todo y con eso, la película de Nesci es una película argentina y muy argentina, subrayado ese argentinismo en el tono y ritmo de las conversaciones y en determinados destellos de fatalismo cómico, como son, por ejemplo, las somatizaciones de los problemas afectivos del DJ Luciano, o las desternillantes peripecias del guionista en busca de su guion perdido, habida cuenta de que en pleno siglo XXI sigue usando la máquina de escribir convencional, ni siquiera una simple fotocopiadora, por lo que sólo tiene una copia del mismo. Ése es también uno de los grandes logros de este filme: las cotas de comicidad que alcanzan determinados pasajes, contado en ocasiones con una mera imagen, como es la de Luciano escribiendo con rotulador (probablemente de tinta indeleble) el nombre de su nuevo amor, Karina, sobre el tatuaje del anterior, Lila.

             Y he dejado para el final lo que considero el principal debate de esta película: la inmadurez resuelta en nostalgia o en la supervivencia de los tiempos pasados. El más importante rasgo en ese sentido es la veneración de los cuatro amigos por los discos de vinilo: discos de vinilo pincha el DJ en su programa de radio, discos de vinilo con valor de coleccionista buscan en una tienda, Discos de vinilo es el título de la película sin ir más lejos. De hecho, los CDs aparecen en dos momentos negativos: una grabación de Lila para humillar a Luciano y una grabación de éste para enamorar a Karina, novia y luego mujer de Facundo. Otros ejemplos son la ya mencionada máquina de escribir que utiliza el guionista en nuestros días, la también mencionada banda tributo a los Beatles, que incluye una casa templo-museo en honor a esta banda. Nos hallamos pues ante hombres que viven en el pasado y que no quieren desprenderse de las señas de identidad esenciales de ese pasado. Nostalgia, pues, cuyo origen es su propia inmadurez. Los coches que aparecen en esta película parecen sacados de un museo del automóvil de los años ochenta. La novia colombiano-japonesa de Marcelo bromea con la pervivencia de la figura materna en la vida de éste. El personaje de Gastón Pauls sigue enganchadísimo a su primera novia, que le dejó por ser una cumbre alternativa y no el Everest que ella persigue. Personajes inmaduros y yo no voy a hacer la apología de la inmadurez, pero la madurez es muy predecible. Yo no voy a hacer la apología de la insensatez, pero la sensatez es muy poco creativa. Yo no voy a hacer la vindicación del equilibrio, pero el desequilibrio permite una riqueza insospechada de puntos de vista. Yo no voy a hacer la vindicación de la perfección, pero ésta es única, mientras que la imperfección exhibe infinitas posibilidades. Todo un mundo analógico para una comedia de relaciones anailógicas. Y bueno, creo que yo no puedo ir más allá: me limito a sugerir esas cuestiones.


Francisco Javier Rodríguez Barranco
 


           

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