Incluida
dentro de la sección oficial Territorio Latinoamericano de la 15ª edición del
Festival de Málaga de Cine Español, Las malas intenciones (2011) es la ópera prima de la directora peruana Rosario García-Montero,
que también es la guionista. En 2011 obtuvo el Premio a la Mejor película
Iberoamericana en el Festival de Mar del Plata.
Tanto por el
tema, como por el protagonismo infantil femenino, podríamos inscribir el filme,
de Rosario entre las españolas Elespíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y sobre todo Cría cuervos (1975), de Carlos Saura. Cronológicamente, la acción de ambas
se desarrolla en momentos próximos, pues si las dos españolas lo hacen en la
década de los setenta, la de García-Montero, lo hace deliberadamente en 1982,
un momento en la historia de Perú trágicamente marcado por la violencia de
Sendero Luminoso. Sin embargo, creo que sería muy injusto en mi análisis si
reflexionara acerca de Las malas
intenciones como referencia a otras películas hispánicas. Creo que esta
película merece por méritos propios un estudio específico.
“Tengo malas
noticias, mamá”, medita decir a su madre Cayetana la protagonista infantil de
ocho años, soberbiamente interpretada por Fatima Buntinx “vas a ir al
infierno”, continúa, y esto que podría predisponer al espectador ante una
producción de corte demoníaco, a mí, de hecho, así me sucedió, se convierte en
toda una paráfrasis sobre la melancolía, melancolía entendida con arreglo a los
cánones milenarios de esa afección, y no como Lars von Trier lo desarrolló en
su, a mi entender incomprensiblemente, aclamada película homónima, puesto que
lo que el director danés hace, sobre todo en la segunda parte de la película es
una especie de pastiche entre lo apocalíptico, la ciencia ficción y el
intimismo. Todavía la primera parte es salvable, pero sólo salvable y sólo la
primera parte. Lo peor del caso es que uno tiene la impresión de que von Triars
tenía buenos mimbres para haber hecho un mejor cesto.
Dejamos ya la
danesa Melancolía (2011) y nos situamos en
la peruana Las malas intenciones,
cuyo título fonéticamente recuerda, si bien de una manera vaga, al del problema
que nos ocupa, que a lo largo de los siglos ha sido conocido así: melancolía o malancolía
en algunos textos medievales; pero que en todo caso viene de un étimo griego, μέλας “melan”,
que significa negro, o lo oscuro, como oscuro es el cielo bajo la garúa de
Lima: una ciudad que prácticamente no se ve, salvo en el paso en coche por
barrios muy marginales, y un cielo que prácticamente no se ve: no vemos la
ciudad, no vemos el cielo, pero sí vemos lo oscuro del ambiente, incluso las
escenas de playa, que las hay, se sitúan bajo una patina cenicienta.
Dentro de la
teoría de los cuatro humores, documentada al menos desde el presocrático
Pitágoras, se consideraba que la melancolía procedía de la bilis negra, y por
eso desde hace milenios, lo melancólicos se han considerado siempre gente de
piel adusta y pelo negro. La bibliografía es muy abundante al respecto,
mencionemos sólo el estudio La gitana
melancólica, de Gaspar de Aguilar, la novela ejemplar “La gitanilla”, de Cervantes, o el personaje Esmeralda en Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo,
y es que precisamente los gitanos, por el color de su piel y pelo, así como por
su estilo de vida han sido prototipos intemporales de la melancolía.
Y pelo negro
tiene Cayetana, lo que no creo que sea casualidad, sobre todo por el enorme
contraste con el rubio dorado de su mejor amiga, Jimena. “¿Qué podemos hacer
para que sonrías más seguido?”, pregunta su madre a Cayetana, siendo así que
aquélla está recién parida. Cayetana es una niña que no sonríe; Cayetana es una
niña que proyecta la desgracia a su alrededor, como es el despido de la criada
Alicia; Cayetana es una niña que busca en el diccionario el significado de las
más atroces palabras; Cayetana es una niña que susurra al oído de su madre o de
Jimena cuando dormidas palabras como “masacre”, “enfermedades”. Poco después de
eso, su amiga Jimena cae fuerte y misteriosamente enferma.
Cayetana,
además, es una niña que está obsesionada por los héroes peruanos, héroes de
guerras perdidas contra los españoles y contra los chilenos: “Por qué son
feriados los días que perdimos batallas?” (cito de memoria), pregunta el inicio
de la película a su profesor de historia, lo cual me recuerda el magnífico
libro de la profesora malagueña Guadalupe Fernández Ariza El héroe pensativo, donde se analiza la semblanza de grandes héroes
en la literatura hispanoamericana, concretamente en las páginas de Borges y de
García Márquez: la saga de los Buendía, el coronel Aureliano Buendía, sobre
todo, son héroes derrotados, héroes melancólicos, tan derrotados como los
héroes peruanos, Tupac Amaru, por ejemplo, que acompañan las ensoñaciones
tristes de Cayetana. El Problema XXX, 1,
de autor desconocido y falsamente atribuido a Aristóteles, lo plantea claramente:
“¿Por qué todos los que han sobresalido en la filosofía, la política, la poesía
o las artes eran manifiestamente melancólicos y algunos hasta el punto de
padecer ataques causados por la bilis negra, como se dice de Heracles en los
[mitos] heroicos”. Hércules melancólicos: ésos son los héroes de la antigüedad
y ésos son los héroes de Cayetana.
Dos héroes son
también San Martín y Bolívar: “Dos soles no caben en el mismo cielo”, se
recuerda varias veces en el filme que el caraqueño dijo al de Yapeyú con motivo
de la emancipación del Perú, y se establece así una reflexión sobre la
dualidad, lo cual es una de las cualidades básicas del temperamento saturnino,
puesto que el dios Saturno en la mitología romana, o Krono en la griega, es un
dios del tiempo que se come a sus hijos, es el dios de la melancolía (nada más
melancólico que el paso del tiempo), y goza de dos signos zodiacales: Acuario y
Capricornio; puesto que se mueve en dos elementos: el agua y la tierra,
respectivamente, como dos espacios básicos configuran la acción de la película
de Rosario García-Montero: el interior y la costa.
Dualidad muy
interesante es la que se establece entre el padre de Cayetana, un personaje
promiscuo e irresponsable, con la insípida sensatez del padrastro, y además de
interesante, esta dualidad cumple una función esencial en la película, pues la
madre de la niña está condenada al infierno con arreglo al dogma católico por
haberse casado después de divorciada “Tengo malas noticias, mamá: vas a ir al
infierno”. Tampoco podemos olvidar que Cayetana busca constantemente al padre,
incluso perdonando retrasos que van mucho más allá de lo tolerable, pero
Cayetana simboliza la melancolía y el padre, al erotismo, siendo así que ya
Robert Burton estableció en Anatomía de
la melancolía, de principios del siglo XVII, que el erotismo es un buen
alivio contra la melancolía.
Por todo ello,
considero que Las malas intenciones
es una magnífica recreación sobre el mito largamente centenario de la
melancolía, que toma como hilo conductor una niña asmática, Cayetana,
obsesionada por la muerte: su muerte cuando nazca su hermano, o si no, la de su
madre, o si no, la de su abuela paterna, que ya la aguarda pacientemente. Al
final quien muere es el anciano Isaac, conductor y guardaespaldas de Cayetana,
lo que provoca a ésta el sentimiento de culpa de saberse la causa del
fallecimiento, puesto que esta niña, y con esto ya concluyo, personifica otro
de los grandes símbolos dentro de la dinámica de la melancolía: los putti, o niños símbolos de la muerte en
las representaciones pictóricas de la melancolía, dentro de las que
probablemente las más conocidas sean las de Lucas Cranach, como sucede en dos
de sus Melancolía fechadas en 1532,
una que se conserva en el Statens Museet for Kunst de Copenhague y otra que se
guarda en el Museo Unterlinden de Colmar.
Hay películas
que nacen para ser reflejo de una época, normalmente la contemporaneidad de un
determinado lugar, y otras se inscriben en alguno de los innumerables géneros
cinematográficos que conocemos. Ambas posibilidades me parecen encomiables y
ambos grupos de filmes no son excluyentes entre sí. Pero hay otras películas
que se hacen con la firme voluntad de entroncar con una estética intemporal y
desarrollar cuestiones universales. Ésta es la actitud de la película de
Rosario García-Montero que ahora nos ocupa.
Pero he
prometido no extenderme más, así pues no lo voy a hacer, pero creo que demos
recapitular muy someramente que Las malas
intenciones, que figuró en la Sección Oficial de la Berlinale de 2011, es una película que se relaciona con otros
grandes títulos del cine en lengua española, que alcanza los razonamientos
filosóficos de la Gracia clásica, que se vincula a los grandes héroes de la
narrativa hispanoamericana, que repasa la historia de Perú: la de la
emancipación del primer tercio del XIX, la de la guerra contra Chile y la del
terrorismo del último tercio del siglo XX; y que haya fácil acomodo entre la
pintura renacentista, y todo ello, porque aborda con sobrada solvencia uno de
los ejes centrales de la creatividad occidental desde hace milenios: la
melancolía. Casi se me olvida mencionar que la música de Patrick Kirst y Salvatore
Adamo mira directamente a otro de los grandes iconos de la melancolía de
nuestra cultura: las Gnossiennes, de
Erik Satie.
Francisco Javier Rodríguez Barranco
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