sábado, 18 de julio de 2015

ANATOMÍA DE LA MELANCOLÍA EN "LAS MALAS INTENCIONES"

http://www.filmaffinity.com/es/film811112.html



Incluida dentro de la sección oficial Territorio Latinoamericano de la 15ª edición del Festival de Málaga de Cine Español, Las malas intenciones (2011) es la ópera prima de la directora peruana Rosario García-Montero, que también es la guionista. En 2011 obtuvo el Premio a la Mejor película Iberoamericana en el Festival de Mar del Plata.


Tanto por el tema, como por el protagonismo infantil femenino, podríamos inscribir el filme, de Rosario entre las españolas Elespíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y sobre todo Cría cuervos (1975), de Carlos Saura. Cronológicamente, la acción de ambas se desarrolla en momentos próximos, pues si las dos españolas lo hacen en la década de los setenta, la de García-Montero, lo hace deliberadamente en 1982, un momento en la historia de Perú trágicamente marcado por la violencia de Sendero Luminoso. Sin embargo, creo que sería muy injusto en mi análisis si reflexionara acerca de Las malas intenciones como referencia a otras películas hispánicas. Creo que esta película merece por méritos propios un estudio específico.

“Tengo malas noticias, mamá”, medita decir a su madre Cayetana la protagonista infantil de ocho años, soberbiamente interpretada por Fatima Buntinx “vas a ir al infierno”, continúa, y esto que podría predisponer al espectador ante una producción de corte demoníaco, a mí, de hecho, así me sucedió, se convierte en toda una paráfrasis sobre la melancolía, melancolía entendida con arreglo a los cánones milenarios de esa afección, y no como Lars von Trier lo desarrolló en su, a mi entender incomprensiblemente, aclamada película homónima, puesto que lo que el director danés hace, sobre todo en la segunda parte de la película es una especie de pastiche entre lo apocalíptico, la ciencia ficción y el intimismo. Todavía la primera parte es salvable, pero sólo salvable y sólo la primera parte. Lo peor del caso es que uno tiene la impresión de que von Triars tenía buenos mimbres para haber hecho un mejor cesto.

Dejamos ya la danesa Melancolía (2011) y nos situamos en la peruana Las malas intenciones, cuyo título fonéticamente recuerda, si bien de una manera vaga, al del problema que nos ocupa, que a lo largo de los siglos ha sido conocido así: melancolía o malancolía en algunos textos medievales; pero que en todo caso viene de un étimo griego, μέλας “melan”, que significa negro, o lo oscuro, como oscuro es el cielo bajo la garúa de Lima: una ciudad que prácticamente no se ve, salvo en el paso en coche por barrios muy marginales, y un cielo que prácticamente no se ve: no vemos la ciudad, no vemos el cielo, pero sí vemos lo oscuro del ambiente, incluso las escenas de playa, que las hay, se sitúan bajo una patina cenicienta.


Dentro de la teoría de los cuatro humores, documentada al menos desde el presocrático Pitágoras, se consideraba que la melancolía procedía de la bilis negra, y por eso desde hace milenios, lo melancólicos se han considerado siempre gente de piel adusta y pelo negro. La bibliografía es muy abundante al respecto, mencionemos sólo el estudio La gitana melancólica, de Gaspar de Aguilar, la novela ejemplar “La gitanilla”, de Cervantes, o el personaje Esmeralda en Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, y es que precisamente los gitanos, por el color de su piel y pelo, así como por su estilo de vida han sido prototipos intemporales de la melancolía.

Y pelo negro tiene Cayetana, lo que no creo que sea casualidad, sobre todo por el enorme contraste con el rubio dorado de su mejor amiga, Jimena. “¿Qué podemos hacer para que sonrías más seguido?”, pregunta su madre a Cayetana, siendo así que aquélla está recién parida. Cayetana es una niña que no sonríe; Cayetana es una niña que proyecta la desgracia a su alrededor, como es el despido de la criada Alicia; Cayetana es una niña que busca en el diccionario el significado de las más atroces palabras; Cayetana es una niña que susurra al oído de su madre o de Jimena cuando dormidas palabras como “masacre”, “enfermedades”. Poco después de eso, su amiga Jimena cae fuerte y misteriosamente enferma.

Cayetana, además, es una niña que está obsesionada por los héroes peruanos, héroes de guerras perdidas contra los españoles y contra los chilenos: “Por qué son feriados los días que perdimos batallas?” (cito de memoria), pregunta el inicio de la película a su profesor de historia, lo cual me recuerda el magnífico libro de la profesora malagueña Guadalupe Fernández Ariza El héroe pensativo, donde se analiza la semblanza de grandes héroes en la literatura hispanoamericana, concretamente en las páginas de Borges y de García Márquez: la saga de los Buendía, el coronel Aureliano Buendía, sobre todo, son héroes derrotados, héroes melancólicos, tan derrotados como los héroes peruanos, Tupac Amaru, por ejemplo, que acompañan las ensoñaciones tristes de Cayetana. El Problema XXX, 1, de autor desconocido y falsamente atribuido a Aristóteles, lo plantea claramente: “¿Por qué todos los que han sobresalido en la filosofía, la política, la poesía o las artes eran manifiestamente melancólicos y algunos hasta el punto de padecer ataques causados por la bilis negra, como se dice de Heracles en los [mitos] heroicos”. Hércules melancólicos: ésos son los héroes de la antigüedad y ésos son los héroes de Cayetana.

Dos héroes son también San Martín y Bolívar: “Dos soles no caben en el mismo cielo”, se recuerda varias veces en el filme que el caraqueño dijo al de Yapeyú con motivo de la emancipación del Perú, y se establece así una reflexión sobre la dualidad, lo cual es una de las cualidades básicas del temperamento saturnino, puesto que el dios Saturno en la mitología romana, o Krono en la griega, es un dios del tiempo que se come a sus hijos, es el dios de la melancolía (nada más melancólico que el paso del tiempo), y goza de dos signos zodiacales: Acuario y Capricornio; puesto que se mueve en dos elementos: el agua y la tierra, respectivamente, como dos espacios básicos configuran la acción de la película de Rosario García-Montero: el interior y la costa.


Dualidad muy interesante es la que se establece entre el padre de Cayetana, un personaje promiscuo e irresponsable, con la insípida sensatez del padrastro, y además de interesante, esta dualidad cumple una función esencial en la película, pues la madre de la niña está condenada al infierno con arreglo al dogma católico por haberse casado después de divorciada “Tengo malas noticias, mamá: vas a ir al infierno”. Tampoco podemos olvidar que Cayetana busca constantemente al padre, incluso perdonando retrasos que van mucho más allá de lo tolerable, pero Cayetana simboliza la melancolía y el padre, al erotismo, siendo así que ya Robert Burton estableció en Anatomía de la melancolía, de principios del siglo XVII, que el erotismo es un buen alivio contra la melancolía.

Por todo ello, considero que Las malas intenciones es una magnífica recreación sobre el mito largamente centenario de la melancolía, que toma como hilo conductor una niña asmática, Cayetana, obsesionada por la muerte: su muerte cuando nazca su hermano, o si no, la de su madre, o si no, la de su abuela paterna, que ya la aguarda pacientemente. Al final quien muere es el anciano Isaac, conductor y guardaespaldas de Cayetana, lo que provoca a ésta el sentimiento de culpa de saberse la causa del fallecimiento, puesto que esta niña, y con esto ya concluyo, personifica otro de los grandes símbolos dentro de la dinámica de la melancolía: los putti, o niños símbolos de la muerte en las representaciones pictóricas de la melancolía, dentro de las que probablemente las más conocidas sean las de Lucas Cranach, como sucede en dos de sus Melancolía fechadas en 1532, una que se conserva en el Statens Museet for Kunst de Copenhague y otra que se guarda en el Museo Unterlinden de Colmar.


Hay películas que nacen para ser reflejo de una época, normalmente la contemporaneidad de un determinado lugar, y otras se inscriben en alguno de los innumerables géneros cinematográficos que conocemos. Ambas posibilidades me parecen encomiables y ambos grupos de filmes no son excluyentes entre sí. Pero hay otras películas que se hacen con la firme voluntad de entroncar con una estética intemporal y desarrollar cuestiones universales. Ésta es la actitud de la película de Rosario García-Montero que ahora nos ocupa.


Pero he prometido no extenderme más, así pues no lo voy a hacer, pero creo que demos recapitular muy someramente que Las malas intenciones, que figuró en la Sección Oficial de la Berlinale de 2011, es una película que se relaciona con otros grandes títulos del cine en lengua española, que alcanza los razonamientos filosóficos de la Gracia clásica, que se vincula a los grandes héroes de la narrativa hispanoamericana, que repasa la historia de Perú: la de la emancipación del primer tercio del XIX, la de la guerra contra Chile y la del terrorismo del último tercio del siglo XX; y que haya fácil acomodo entre la pintura renacentista, y todo ello, porque aborda con sobrada solvencia uno de los ejes centrales de la creatividad occidental desde hace milenios: la melancolía. Casi se me olvida mencionar que la música de Patrick Kirst y Salvatore Adamo mira directamente a otro de los grandes iconos de la melancolía de nuestra cultura: las Gnossiennes, de Erik Satie.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

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