lunes, 2 de febrero de 2015

LA BILIS NEGRA EN "BABADOOK"

Si no existiera el concepto de terror psicológico, habría que inventarlo para una película como Babadook (2014), de Jennifer Kent. Se trata de una producción australiana que ha significado el debut como directora de Kent y que ha obtenido importantes premios internacionales, entre ellos el del Jurado de la edición de 2014 del Festival de Sitges.

No voy yo, por lo tanto, a descubrir esta película, pero sí quiero analizar las coordenadas estéticas en que se sitúa. Cabe señalar en primer lugar que la directora en un país tan luminoso, incluso tropical en su parte más norte como es Australia ha elegido para la acción las oscuridades propias de la provincia de Australia del Sur, ennoblecidas por las de una ciudad tan sofisticada en su vecina provincia Victoria. Y ello no es casual: las ropas, los exteriores, los interiores, los bichos que aparecen (cucarachas y lombrices, sobre todo) y por supuesto el monstruo Babadook, tienen un tono negro, o como mucho gris marengo. Para mayor claridad, hay una escena en que la madre vomita bilis negra. No es casual, como digo, y para ello hemos de recordar la teoría de los cuatro humores: la flema, la sangre, la bilis amarilla y la bilis negra, siendo así que la bilis negra, producto, según la medicina de la antigüedad greco-romana, consiste en una mala combustión de la bilis y en quienes predomina este humor, siempre según los preceptos clásicos, se producen alteraciones anímicas extremas, que van de lo sublime a lo canalla, del abandono a la agresividad.


La propia palabra “melancolía” tiene su raíz etimológica en el término griego “melan”, es decir, lo negro. Hoy día se sabe que las depresiones se ocasionan por una escasez de serotonina, pero este descubrimiento es muy reciente y durante siglos se apeló a la bilis negra como la causante de la tristeza. Amelie, por ello, interpretada por Essie Davis y distinguida con el premio a la mejor actriz en el recién mencionado Festival de Sitges, vive devorada por la depresión ocasionada por la muerte trágica de su pareja en accidente de tráfico cuando la lleva a dar a luz, y esta situación traumática se agudiza por la enfermiza fantasía de su hijo Samuel, interpretado por Noah Wiseman. Una vez llegados a este punto, sabido es la visión distorsionada de la realidad de los depresivos, lo que constituye el hilo conductor de la película.

Jennifer se adentra, pues, en la imagen milenaria con que se etiquetó a los melancólicos y parece conocer muy bien el tratado Anatomía de la melancolía, del autor inglés Robert Burton, publicado en la primera mitad del siglo XVII y traducido al español y editado en 1999 por la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Y ello es así porque nos muestra en pantalla algunos de los elementos que Burton considera en su libro, como es el erotismo en calidad de bálsamo para la tristeza (en una escena Amelie se masturba con un consolador), la música con idéntica función paliativa (en otra escena Amelie se acuesta abrazada a un violín), la vejez como condensación de la tristeza (Amelie trabaja en un geriátrico), y el número siete como referencia a Saturno, señor de la melancolía (véase esa cuestión en numerosos pasajes de la monumental obra Saturno y la melancolía, de Klibansky, Panofsky y Saxl), pues son siete los años que cumple Samuel. Citemos a Burton hablando, por ejemplo, de la música: “La música es la mayor medicina de la mente, un poderoso golpe contra la melancolía para elevar y reavivar un alma lánguida, afectando no sólo a los oídos, sino a las propias arterias, los espíritus vitales y animales, eleva la mente y la agudiza”.

Asimismo hemos de dedicar una atención aparte a Samuel, el niño, puesto que es él quien mete en la mente de su madre el terror mortífero por Babadook y su nacimiento es el que ocasiona la muerte de su padre. Causa involuntaria de ese fallecimiento, obviamente, pero causa y ello relaciona a este niño con la teoría de los putti, que son los niños que simbolizan la muerte asociada a la melancolía y así se representaron con especial énfasis en los grabados y pinturas de Alberto Durero y Lucas Cranach, el viejo, de quien reproduzco una de sus melancolías: una dama acompañada por toda un grupo de putti y manejando un cuchillo, lo cual es un arma que también utiliza Amelie en un momento de la película que estamos comentando. 

Y es inevitable mencionar a este respecto Melancolía (2011), de Lars von Trier, o por mejor decir, la primera parte de este filme, puesto que la segunda tan sólo puede ser interpretada como una metáfora del ineludible dolor moral, es sólo que para ser una metáfora ocupa demasiado tiempo del metraje. Destacamos, pues, la primera parte de esa obra de von Trier, que parece seguir minuciosamente todo lo establecido por Robert Burton en su tratado, muy especialmente la dualidad saturniana, encarnada por el padre de la novia, magníficamente interpretado por otro inglés: John Hurt, que va camino de repetir la historia de Peter O’toole, como eterno candidato al Oscar nunca consguido, salvo uno como reconocimiento a toda su carrera, que se negó a recoger, como es de sobra conocido.

De manera que, la película de Jennifer Kent nos traslada a los padecimientos más angustiosos del sufrimiento depresivo en un personaje Amelie, que ofrece las dos posibilidades características de los trastornos bipolares: la acedia y la agresividad extrema, en un entramado estético que hunde sus raíces en los mismísimos inicios de la cultura occidental, donde unas veces los melancólicos fueron vistos como héroes (Heracles, Ayax y Belerofonte entre ellos), y otras como la escoria más abyecta de la sociedad.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

 
 


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