sábado, 12 de diciembre de 2020

EL PRINCIPIO ES MUJER EN 'THIS IS NOT A BURIAL, IT'S A RESURRECTION'

 






              El futuro es mujer defendía Marco Ferreri en la película homónima, pero el principio parece ser también mujer en This Is Not a Burial, I’ts a Resurrection (2019), de Lemohang Jeremiah Mosese, una película cuyo título no se ha traducido aún al español, quizá porque no se prevé estrenar en nuestro país, pero que ha formado parte de la sección Hipermetropía, es decir, la sección oficial, de la 17ª edición del Festival de Cine Africano (FCAT), que, como sabemos, se celebra a caballo entre Tarifa y Tánger y que en 2020, a causa de la pandemia por coronavirus, se ha podido seguir también online.

                Los aficionados a este festival de cine, y debo reconocer que en mi caso es una adicción, pudieron disfrutar en la edición del año pasado de Mother, I Am Suffocating. This Is My Last Film About You, otra película cuyo título tampoco ha sido traducido al español: debe ser que nadie se atreve a tocarle ni una coma, y cuya sinopsis oficial es esta: “Una mujer camina por las calles de Lesoto llevando una cruz de madera sobre su espalda. Esta metáfora sobre un Jesucristo moderno en África es utilizada para llevar a cabo una reflexión sobre el exilio y la emigración en la actualidad”. Con otras palabras, África y la mujer para reflexionar acerca de cuestiones sociales, algo para lo que hallamos un paralelismo en la película que nos ocupa, pues la trama, digamos, tangible de This Is Not a Burial, I’ts a Resurrection consiste en el desalojo de una aldea para la construcción de una presa y el traslado de sus habitantes a la capital, lo que no deja de ser un eufemismo de las deportaciones de toda la vida.


                Esa es, como digo la línea argumental que hilvana la película, pero hay mucho más, porque ya de entrada se nos presenta a la protagonista Mantoa, superlativamente interpretada por Mary Twala, fallecida pocos meses después, concretamente el 4 de julio de 2020, como una anciana que ha perdido a su marido, todos sus hijos menos uno, sus nietos y el único hijo que le queda, trabajador en las minas de oro de Sudáfrica, muere cuando Mantoa le está esperando por Navidad, lo que subvierte la esencia evangélica de las celebraciones en esa fecha y nos sitúa ante la maternidad como el tema central de este filme.

                Mosese se vale para plantear su película de una de las cuestiones teológicas esenciales en Mother, I Am Suffocating.This Is My Last Film About You, según hemos mencionado más arriba, y lo mismo hace con This Is Not a Burial, I’ts a Resurrection, que está llena de elementos cristianos: sin ir más lejos, en una cinta que proclama la resurrección en el título, un jinete asesinado, presuntamente por quienes tienen interés en construir la presa que destruirá la aldea, se llama Lázaro. Pero lo que verdaderamente refleja este director de Lesoto en estos dos largometrajes es el difícil acomodo de los dogmas occidentales en las creencias ancestrales de un continente donde según todos los antropólogos nació el ser humano. Dicha aldea, además, se denomina Nazaret, que no fue donde nació, con arreglo a las Sagradas Escrituras, pero sí donde creció Jesucristo.


                Es la madre, la madre en sentido abstracto cuando esta tiene ya 80 años y su periodo fértil finalizó hace varias décadas, pero es la madre y su potencial gestante lo que interesa a Mosese, todo ello en relación directa con la tierra, pues es la maternidad telúrica lo que verdaderamente protagoniza esta película. Todo ello, en claro contraste con el agua que anegará la aldea y que una vez más muestra el pensamiento subversivo de este director, pues si la Navidad trae la muerte, el agua, que científicamente es el origen de la vida, también.

                La tierra, en cambio, se nos ofrece como germen de vida, una virtualidad para la existencia que se pretende secar con agua, valga el oxímoron.


 

              Desde el punto de vista fílmico, la película se presenta como un relato de alguien que fuma algo en un café. No se trata de una voz en off, sino que cada vez que se concede la palabra a ese narrador, se le muestra en un primer plano de la cabeza, que ocupa toda la pantalla y que nos desvela desde la primera imagen dos cuestiones fundamentales: la zona donde se asiente la aldea era conocida por sus primitivos pobladores como la Llanura del Llanto, que también recuerda a ese Valle de Lágrimas en que penamos los humanos, con arreglo a los preceptos bíblicos, y en ese lugar los muertos entierran a sus propios muertos: desolación y muerte más allá de la muerte, que necesariamente ha de recordarnos a Comala, el llano calcinado y las regiones espectrales de Juan Preciado y Juan Rulfo en la novela Pedro Páramo: un inmenso vacío con toda la fuerza de la maternidad extinta.

                La anciana cuida primorosamente al enterrador agonizante, pues quiere que sobreviva para que cave su (de ella) fosa. De hecho, la razón por la que Mantoa se niega a dejar esas tierras es porque en ella están enterrados los muertos desde que la aldea es aldea, incluidos los que cayeron en las guerras anticoloniales. Muertos que nos hablan y vientres ya inertes: por ello, así como por lo argumentado en los párrafos anteriores, no me parece aventurado sostener que Mantoa es África, alegoría pura de un continente al que se le ha privado incluso de derecho de llorar a quienes les precedieron. De la misma manera, por ejemplo, por traer otro símil de la literatura hispanoamericana, Alejandra es Argentina en la novela de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas, un contexto legendario y luctuoso que, ya lo hemos mencionado, constituye la idea central de This Is Not a Burial, I’ts a Resurrection.


              En cuanto a la parte técnica, muy poderoso es el azul de las fotografías interiores, un color que evocaba la muerte para Lorca. Por otro lado, la cinta de Mesoso se articula sobre el llanto sin lágrimas de Mantoa y el gran poder de unas imágenes que narran mejor que los diálogos. De hecho, casi que las palabras sirven más que nada para afirmar al espectador en lo que ya ha visto sin texto. Al final de la película Mantoa se ofrece desnuda a la muerte en un diálogo mudo cargado con todas las elocuencias del silencio: es la confirmación de un final que impera desde la primera secuencia. Mas, ¿cómo se puede acabar con lo que nació terminado?

                La conclusión, por lo tanto, no puede ser más evidente: compartimos con Ferreri la afirmación de que el futuro es mujer, pero si no hay principio, si la maternidad se seca, difícilmente habrá futuro. Poco porvenir espera a una sociedad que se desarraiga hasta el extremo de perder sus mismísimos orígenes.

Francisco Javier Rodríguez Barranco




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